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La suerte de tener una habitación llena

  • Foto del escritor: Júlia Serret
    Júlia Serret
  • hace 3 días
  • 2 Min. de lectura

Siempre he tenido la sensación de que me dan curiosidad demasiadas cosas. Y no hablo de una curiosidad ordenada, sino de esa que a veces te abruma porque te lanza mil preguntas de golpe.


Esto hace que a veces me meta en jardines complicados, porque, aunque me frustre, sé que no puedo entenderlo todo. Me pasa, por ejemplo, con la física: viniendo de una formación social, me despierta muchísima curiosidad entender por qué el tiempo pasa distinto en otros planetas. Me lo explican, lo leo, lo busco... y aun así me cuesta procesarlo. Es agotador sentir que tienes la cabeza llena de conceptos a medias y de preguntas que ni siquiera sabes si tienen respuesta.


Vivir con ese archivo mental de datos inconexos y curiosidades aleatorias puede ser abrumador. Pero poco a poco, trabajando en este mundo de la creatividad, me he dado cuenta de que quizá no es un "fallo técnico" en mi cabeza, sino algo que compartimos muchos de los que nos dedicamos a esto.


A veces nos obligamos a aprender cosas o a rellenar nuestra mente solo para que nos "sirvan" en el trabajo. Pero creo que el verdadero placer está en nutrir la mente de forma innata, sin pensar en la utilidad; aprender o preguntar por el mero hecho de sentirte lleno. Tener ese “almacén” de cosas que no sabes si vas a usar nunca.


Virginia Woolf y el privilegio de poder preguntar



Hace poco leía a Virginia Woolf en Una habitación propia. Ella hablaba de la importancia de tener un espacio físico y mental para poder crear, y de cómo tantas mujeres se han visto privadas de ello durante siglos. Leerla me hizo reflexionar sobre la suerte de poder "saciar" estas inquietudes; la suerte de poder preguntar, acceder y tener espacio para reflexionar. Porque, aunque sea frustrante no entenderlo todo, mucho más lo sería no poder ni siquiera intentarlo.


Aunque a veces me he preguntado por qué mi cabeza funciona de esta manera, cada vez me doy más cuenta de que no tiene que estar todo ordenado. Que, a veces, la virtud no es saber clasificar todos los conceptos, sino tener la suerte y la posibilidad de interesarte por ellos. Al final, lo que importa es el trabajo de entender, observar y preguntar; no tanto el resultado que obtienes, sino el placer de mantener esa habitación siempre llena.


Quizás la curiosidad y la creatividad estén mucho más relacionadas de lo que pensamos. No se trata de tener todas las respuestas, sino de mantener la puerta abierta a nuevas preguntas. Trabajar en entornos creativos me ha enseñado que no pasa nada por no saberlo todo; lo que realmente importa es no perder nunca las ganas de preguntar.

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