top of page

Escribir para vender sin sentir que me vendo

  • Foto del escritor: Laia Casajuana
    Laia Casajuana
  • hace 2 días
  • 2 Min. de lectura

Antes de empezar en esta profesión, idealizaba el oficio. Casi como si fuera un privilegio. Trabajar escribiendo. Vivir de las ideas. Crear por el puro placer de crear. Pero muy pronto entendí cómo funcionaba realmente: la página en blanco no es un lienzo libre, sino un espacio delimitado por objetivos, rentabilidad y plazos. 


Durante un tiempo pensé que escribir para marcas era una especie de traición silenciosa. Como si cada palabra puesta al servicio de un objetivo comercial me alejara un poco más de la pasión que me había traído hasta aquí. 


¿Se puede crear sin perderse por el camino?

El inicio de mi carrera como copywriter trajo consigo esa sospecha. La respuesta no fue inmediata. Al principio escribía para demostrar. Que sabía. Que podía. Que era creativa. Textos más pendientes de lucirse que de decir algo. 


Hasta que entendí, a base de tachones, que escribir para vender no solo va de sonar bien. Que una idea que no mueve nada, por brillante que sea, se queda en ruido.


El oficio exige que la creatividad se encuentre con límites y metas concretas. Esa tensión me parecía una traba, algo contradictorio. Pero acabé comprendiendo que, lejos de sofocar la creatividad, la hace más viva y precisa. La coloca en un terreno fértil donde las ideas se ponen a prueba, se refinan y adquieren fuerza real.


Porque trabajar dentro de estas restricciones no mata la creatividad; la transforma. Obliga a pensar más y mejor. A imaginar soluciones que sean bellas y, al mismo tiempo, efectivas. A que las ideas no solo sean estéticas, sino que existan, respiren y funcionen en el mundo real.


David Ogilvy decía “si no vende, no es creativo”.

David Ogilvy
David Ogilvy

Durante años esa frase me pareció fría, incierta. Hoy la entiendo de otra manera: no habla solo de vender productos, sino de hacer que un mensaje funcione. Y eso, en el fondo, es respeto por la idea.





Desde ese lugar trabajo hoy. Habitando la intersección entre creatividad y negocio. Defendiendo ideas con criterio, sensibilidad y dirección. Siempre intentando aportar humanidad y belleza a cada proyecto que haga. Es mi forma de resistir a la homogeneización y el ruido. De recordar que la publicidad, incluso con sus KPIs, existe para causar emoción. Porque los resultados llegan cuando una marca deja de hablar de sí misma y empieza a hablarle a alguien.


 
 
 
bottom of page