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No da igual la palabra que elijas.

  • Foto del escritor: Júlia Serret
    Júlia Serret
  • 10 jun
  • 3 min de lectura

Libro Va' dove ti porta il cuore
Libro Va' dove ti porta il cuore

Hace poco me leí Va' dove ti porta il cuore de Susanna Tamaro. Es una novela intimista en la que una abuela, Olga, sabiendo que le queda poco tiempo de vida, decide escribirle una larga carta de despedida a su nieta. Olga no quiere marcharse sin explicarle los motivos reales que la han llevado hasta donde está; quiere que conozca la verdad sobre los amores clandestinos que la marcaron, las discusiones con su hija ya fallecida y, sobre todo, sanar una relación entre ambas que siempre estuvo demasiado llena de silencios y de frases no dichas que ahora necesita contar.

Mientras pasaba las páginas, me llamaba mucho la atención la virtuosidad de la autora para indagar en los pliegues de lo que callamos. Sin necesidad de grandes palabras ni florituras, Tamaro consigue que entiendas el sentimiento exacto, revelando la riqueza de las emociones que a veces mantenemos ocultas por miedo, por orgullo, o por no saber cómo sacarlas fuera.


Desde que lo terminé, debo admitir que llevo el libro un poco dentro. Y repasando una vez tras otra la historia en mi cabeza, me quedé pensando en el peso que tienen las palabras (y la ausencia de ellas) cuando nos sentamos a escribir.


Decir lo mismo no es sentir lo mismo.


A veces no nos damos cuenta de la psicología que hay detrás de lo que decimos cada día. Un pequeño matiz cambia por completo cómo nos tomamos las cosas. Pensaba, por ejemplo, en cómo un simple "luego hablamos" puede levantar un muro de frialdad y dejarnos el cuerpo con cierta tensión, mientras que un "tengo ganas de que hablemos" cambia por completo la energía del mensaje. En el fondo, la información es la misma: habrá una conversación más tarde. Sin embargo, lo que nos hace sentir una frase y otra son dos mundos completamente distintos.


Los que nos dedicamos a escribir y a plasmar ideas en forma de texto lidiamos con esto en nuestro día a día. Tenemos mil maneras diferentes de transmitir un mismo mensaje, pero con el tiempo te das cuenta de que un retoque sutil, una palabra colocada en el lugar preciso o elegir un verbo en lugar de otro, tiene el poder de cambiar por completo la reacción de la persona que está al otro lado.


Escribir entre tanto ruido.


Trabajando en el mundo de la creatividad, me he dado cuenta de que estamos rodeados de muchísimos inputs: marcas que gritan, textos llamativos o mensajes vacíos. Pero las campañas que a mí más me calan, las que recuerdo con el tiempo (como me ha pasado con el libro), son aquellas que se atreven a hablar desde un lugar más honesto y real. Esas que encuentran la palabra exacta para describir una pequeña manía cotidiana o una emoción que todos hemos sentido, pero que no sabíamos cómo verbalizar.


Por eso creo que nuestro trabajo como copys no consiste solo en saber escribir. Para mí, se parece más a un ejercicio de empatía.


Buscar la palabra exacta.


Intentar escribir algo que conecte de verdad implica, primero, saber escuchar lo que no se dice. Tratar de entender qué le preocupa a la persona que nos va a leer, qué necesita escuchar y cómo podemos decírselo de la forma más humana posible.


Todavía estoy aprendiendo a hacerlo, pero cada día en la agencia me confirma que escribir es el intento constante de afinar el oído. Buscar esos pequeños matices para asegurarnos de que lo que plasmamos en un papel no sea solo ruido corporativo. Al fin y al cabo, supongo que el buen copy se parece mucho a lo que hizo Susanna Tamaro en su libro: atreverse a mirar de cerca lo que sentimos para, simplemente, encontrar la manera de que nos entiendan.




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