La semana en que se me rompió el teléfono.

Hace un mes se me rompió el móvil estando fuera de casa.
Por distintas circunstancias, pasé una semana entera desconectada. Me vi memorizando las calles para saber volver en coche sin Google Maps y llevando un post-it arrugado en el bolso con los números de mis amigos.
Pero lo que más me impactó fue esperar el autobús. Quince minutos sin poder sacar el móvil para distraerme se me hicieron eternos. Miraba la carretera, miraba a la gente e intentaba escuchar alguna conversación ajena para pasar el rato. De repente, me di cuenta de hasta qué punto dependemos de la tecnología.

Y, entre autobús y autobús, acabé llevándome esa reflexión a la agencia.
Cuando nos toca pensar una campaña, también se nota esa dependencia. Abrimos el ordenador, buscamos referencias, miramos qué hace la competencia. Y sí, también hay papel, boli y peloteo entre compañeros, pero buena parte del trabajo pasa por una pantalla. Si ya me había costado organizarme para quedar con mis amigos sin móvil, imaginar mi jornada de trabajo sin ordenador era bastante más complicado.
De ahí pasé a pensar en quienes escribían anuncios antes de los ordenadores.
Traté de imaginarme una mañana cualquiera de su trabajo. ¿Por dónde empezaban? ¿Qué hacían cuando una idea se resistía y no podían abrir otra pestaña? ¿Cómo la presentaban?
Me cuesta visualizarlo. Hay tantos gestos de mi día a día ligados a una pantalla que, al quitársela, casi me parece que estamos hablando de otra profesión.
Entonces llegó la siguiente pregunta. (Como veis, aquella semana sin móvil dio para bastante…)
¿Cómo será trabajar de copywriter dentro de unos años? ¿Habrá alguien mirando nuestra forma de trabajar y preguntándose cómo nos las arreglábamos con las herramientas que teníamos? Quizá algunas cosas que hoy hago a diario le resulten tan lejanas como a mí me parece hacer una campaña entera sin ordenador.
No sé cuánto cambiará la profesión ni qué herramientas estaremos usando. Pero, viendo el ritmo que llevamos, me da que no tendremos que esperar demasiado para empezar a descubrirlo. Seguramente iremos incorporando esos cambios a nuestra rutina hasta que también nos cueste imaginar cómo trabajábamos antes.
Y sí, os confieso que aquella semana sin móvil no fue del todo fácil. Pero, al menos, me llevé esta reflexión. Ahora os la dejo por aquí, por si os apetece darle una vuelta. Aunque sea en esos quince minutos que tarda en llegar el autobús.




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