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Cuando la dirección de arte baja a la calle y nos hace sacar la cartera.

Foto del escritor: Sara Roig
Sara Roig
hace 16 minutos
4 min de lectura

O cómo unas zapatillas amarillas chillonas demuestran que las imágenes mejor diseñadas sobreviven a la pantalla y acaban dictando nuestro consumo.



Las diseñadoras gráficas nos pasamos el día analizando el mundo lleno de composición, paletas de color y peso visual. 


El cerebro está condicionado para buscar patrones. 

Por eso, hay algo fascinante en reconocer una pieza de diseño narrativo fuera de su ecosistema natural y verla caminando por la calle. 


Hablo del lenguaje visual en crudo.


Durante el viaje a Japón, mi cerebro hizo ‘’click’’.


Unas zapatillas. 

Las Onitsuka Tiger amarillas y negras. 

Sí, las de Uma Thurman en Kill Bill. 


Empecé a verlas rompiendo la monotonía cromática del asfalto hasta que su presencia se convirtió en un déjà vu constante. 


La anécdota podría quedarse en la típica observación de trendhunting que comentaríamos en la agencia. Pero, como alguien que vive de construir imágenes, me interesa diseccionar el cadáver (nunca mejor dicho). 


¿Cómo un plano cinematográfico altera nuestra relación con un objeto físico? 


¿Qué ocurre cuando una decisión de dirección de arte es tan buena que se convierte en un objeto de deseo masivo?


Porque, seamos sinceros, para los que tenemos Kill Bill grabado en la retina, esas zapatillas no son calzado. 


Son un icono pop. 


Gritan venganza, te llevan directo a la katana y a la sangre de mentira, y son el ejemplo perfecto de cómo una película le borró la identidad a una zapatilla de toda la vida. Y aquí es donde la disección se pone interesante.


El director de arte que ''samplea'' la cultura

Tarantino no crea desde un lienzo en blanco.

Construye sus moodboards saqueando la memoria cultural. Coge un poco de kung-fu, unas cuantas pelis de vaqueros y mucho cine cutre de serie B, y lo mezcla de maravilla. Kill Bill es la cumbre de este ejercicio de reciclaje estético. 


Y el traje amarillo no es una simple elección de vestuario, es un ancla visual. 

A nivel de diseño, es brillante: el amarillo con franjas negras es el código universal del peligro en la naturaleza (avispas, serpientes) y en la señalética industrial. 

Es un color que exige atención. Y un homenaje directo a Game of Death. Tarantino coge un asset visual del pasado, lo reinterpreta en el cuerpo de la protagonista. 


No necesitan un primer plano machacón; su fuerza reside en cómo completan la puesta en escena. Y esa es la magia del buen cine: conseguir que un producto industrial se eleve a la categoría de fetiche.


La emancipación del icono

En la agencia nos rompemos la cabeza para que la gente se acuerde de un anuncio. El cine, cuando roza la genialidad visual, lo hace sin sudar.

La película termina, pero el código visual sobrevive. Las zapatillas son el ejemplo perfecto de cómo una imagen abandona su soporte original. 


Hoy, ese amarillo y negro funciona como un logo independiente. 

Podemos verlas en un escaparate de Harajuku y la referencia se dispara en nuestro cerebro sin necesidad de ver una katana.


¿Product placement o accidente cultural?

Aquí es donde mi discurso crítico empieza a incomodarme. 


Cuando una marca paga por salir en pantalla, el espectador huele el product placement a kilómetros. Se nota la fricción. 


Sin embargo, en el caso de las Onitsuka, estamos ante una decisión puramente estética y de dirección de arte.


Y paradójicamente, ese es el mejor anuncio.


La publicidad tradicional promete estatus, comodidad o pertenencia. 


El cine te promete una emoción. 


No recordamos esas zapatillas por la amortiguación de su suela, las recordamos por cómo la cámara de Robert Richardson seguía los pies mientras rebanaba a los Crazy 88. 


La marca se beneficia de una carga simbólica espectacular y perdurable. 

La mejor campaña es la que consigue que nos pongamos el anuncio nosotros mismos.


El mercado también consume arte (y nosotros también)

El cine genera códigos estéticos y el mercado los mastica y los escupe convertidos en producto.


¿Se devalúa la obra cuando nos acordamos más de unas zapatillas que de la fuerza del propio plano?


Es una conversación incómoda en la que solemos pasar de puntillas, pero ya toca mojarse: por suerte o por desgracia para nuestra conciencia, los que alimentamos esa rueda todos los días desde la agencia somos nosotros. Nos pagan por rastrear la cultura visual, detectar qué cosas tienen alma y encontrar la forma de empaquetarlas para que acaben pasando por caja. 

Ayudamos a engrasar una máquina que vive de convertir emociones en necesidades de compra.


Y aquí es donde me estampo contra mi propia contradicción: frente al espejo de una tienda en Tokio, con la tarjeta en la mano y unas zapatillas amarillas en los pies.


Sería facilísimo soltar un discurso contra el consumismo desde un pedestal, como si saber cómo funciona el truco de magia me hiciera inmune a él. 


Pues no. 


Me las compré porque la silueta retro me encanta, claro. Porque comprarlas allí sumaba puntos al fetiche del viaje. Me las compré porque el engranaje funcionó a la perfección: cogieron una escena brutal de 2003 y consiguieron que, más de veinte años después, acabara pasando la tarjeta solo por llevarme un cacho de esa peli a casa.


No somos pizarras en blanco; nos educamos la mirada a base de cine, música, arte y referencias que nos marcan. 


Al final, como diseñadora, me llevo una doble lectura bastante agridulce. 


Por un lado, la fascinación pura de comprobar que una idea visual potente no muere en los títulos de crédito y sobrevive en la calle.


Por el otro, la certeza incómoda de que la maquinaria siempre se sale con la suya: coge la rebeldía, el arte y el talento de un rodaje, le planta un código de barras y, casi sin que te des cuenta, te lo acaba poniendo en los pies.

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