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El diseño como ventaja competitiva: argumentario para el CEO que todavía no lo ve.

  • Foto del escritor: Antonio Horcajo Nicolau
    Antonio Horcajo Nicolau
  • hace 16 horas
  • 2 min de lectura

Hay una conversación que tiene lugar con más frecuencia de lo que debería en las salas de dirección de empresas que crecen.


Alguien propone invertir en diseño. No en publicidad, no en marketing de performance, en diseño. En construir un sistema visual coherente, en mejorar la experiencia del usuario en los puntos de contacto clave, en que la identidad de la empresa refleje la posición que quiere ocupar en el mercado.


Y alguien en la sala —habitualmente alguien con autoridad— dice: "El diseño es un gasto. No es prioritario."


Esa frase revela un error de diagnóstico que tiene consecuencias muy concretas en el negocio.




El diseño que no puede justificarse en términos de negocio.


El primer argumento que hay que desmontar es la idea de que el diseño es decoración. Que es la capa estética que se añade cuando el producto ya está resuelto, cuando el negocio ya funciona, cuando hay excedente para "hacerlo bonito".


Ese argumento tiene un problema: cualquier empresa que lo sostiene tiene un sistema de diseño. Puede que no sea deliberado, puede que no sea coherente, puede que sea el resultado de decisiones tomadas sin criterio a lo largo del tiempo. Pero existe. Y está comunicando algo sobre la empresa, lo quiera o no.

La pregunta no es si la empresa tiene diseño. La pregunta es si el diseño que tiene está trabajando para la empresa o contra ella.


Lo que el diseño resuelve que nada más puede resolver.


El diseño resuelve problemas que otras herramientas no pueden resolver. Reduce la fricción cognitiva en el proceso de decisión del comprador. Comunica jerarquía y relevancia sin que nadie tenga que explicarla. Transmite calidad y cuidado de una manera que el texto no puede replicar.


En mercados donde los productos son técnicamente comparables, el diseño es frecuentemente el desempate. No porque los compradores sean superficiales. Sino porque el diseño es la señal más inmediata de cuánto cuida la empresa lo que entrega.


Y esa señal importa especialmente en dos momentos: el primer contacto y el momento de renovación. En ambos, el diseño puede acelerar o ralentizar la decisión por razones que no tienen nada que ver con el precio o las características del producto.


El argumento financiero del diseño.


Para que la conversación sobre diseño sea útil en una sala de dirección, tiene que aterrizarse en términos financieros.


Las empresas con sistemas de diseño coherentes tienen menores costes de producción de materiales porque no reinventan desde cero cada vez. Tienen ciclos de aprobación más cortos porque los criterios están definidos. Tienen menor coste de adquisición porque la coherencia visual genera reconocimiento que reduce el trabajo de los canales pagados. Tienen mayor tasa de retención porque la experiencia del cliente está diseñada para generar satisfacción sostenida, no solo satisfacción en el momento de la compra.


Ninguno de esos beneficios es inmediato. Todos son acumulativos. Y todos son medibles si la empresa decide medirlos.


El diseño que no se puede justificar en términos de negocio no es mal diseño: es diseño sin sistema.

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